cirquedufreak



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Lekker boeiend, fuckers.  

 

Ska = goed



Een dier
In een hokje
Daar komt die man weer met die spuit
En doet me weer pijn
Ik krijs ik schreeuw
Maar hem maakt het niks uit
Hij doet gewoon zijn werk
Hij houd van het geluid
Het geluid van marteling
De volgende dag
Weer een keer
Die keer daarna
Ben ik niet meer

 

Carta del jefe indio Noah Sealth (Seattle) al hombre blanco. 1854


Busto de Seattle
Busto de Seattle


Este documento quizá es una carta de Noah Sealth (conocido como Seattle), Jefe Indio de los Suquamish, al Gran Jefe Blanco de Washington, respondiendo a la propuesta de Franklin Pierce de que vendiesen sus tierras quedándose en una reserva... O su premonitorio mensaje ante la Asamblea del Consejo de Tribus, expuesto en diciembre de 1854 con ocasión de la firma del Tratado de Point Elliot, en el cual los pieles rojas se veían obligados a ceder sus territorios a los hombres blancos...

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¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento, ni aún el calor de la tierra? Dicha idea nos es desconocida. Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas ¿Cómo podrían ustedes comprarlos? Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante mata de pino, cada grano de arena de las playas, cada gota de rocío en los oscuros bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto es sagrado a la memoria y al pasado de mi pueblo. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas.

Los muertos del hombre blanco olvidan su país de origen cuando emprenden sus paseos por las estrellas; en cambio, nuestros muertos nunca pueden olvidar esa bondadosa tierra, puesto que es la madre de los pieles rojas. Somos parte de la tierra y así mismo, ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; estos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia.

Por todo ello cuando el Gran Jefe de Washington nos envía el mensaje de que quiere comprar nuestras tierras dice que nos reservará un lugar en el que podamos vivir confortablemente entre nosotros. El se convertirá en nuestro padre y nosotros en sus hijos. Por ello consideramos su oferta de comprar nuestras tierras. Ello no es fácil, ya que esta tierra es sagrada para nosotros.

El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino, también, representa la sangre de nuestros antepasados. Si le vendemos nuestra tierra deben recordar que es sagrada y a la vez deben enseñar a sus hijos que es sagrada y cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuenta los sucesos y memorias de las vidas de nuestras gentes. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed; son portadores de nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñarles a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y también lo son suyos y, por lo tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con la que se trata a un hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. El no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, ya que es un extraño que llega de noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemiga, y una vez conquistada sigue su camino, dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle. Les secuestra la tierra a sus hijos.

Tampoco le importa, tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o piedras de colores. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solo un desierto.

No sé, pero nuestro modo de vida es diferente al de ustedes. La sola visita de sus ciudades apena los ojos del piel roja. Pero quizá sea porque el piel roja es un salvaje y no comprende nada. No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni hay sitio donde escuchar como se abren las hojas de los árboles en primavera o como aletean los insectos.

Pero quizá también esto debe ser porque soy un salvaje que no comprende nada. El ruido solo parece insultar nuestros oídos. Y después de todo, ¿para que sirve la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras o las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque? Soy un piel roja y nada entiendo. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aromas de pinos.

El aire tiene un valor inestimable para el piel roja, ya que todos los seres comparten un mismo aliento, la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire. El hombre blanco no parece consciente del aire que respira; como un moribundo que agoniza durante muchos días es insensible al olor. Pero si les vendemos nuestras tierras, deben recordar que el aire nos es inestimable, que el aire comparte su espíritu con la vida que sostiene. El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida también recibe sus últimos suspiros.

Y si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben conservarlas como cosa aparte y sagrada, como un lugar donde hasta el hombre blanco pueda saborear el viento perfumado por las flores de las praderas. Por ello, consideramos su oferta de comprar nuestras tierras y si decidimos aceptarla yo pondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.

Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. He visto a miles de búfalos pudrirse en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como una máquina humeante puede importar más que el búfalo, al que nosotros solo matamos para sobrevivir.

¿Qué sería del hombre sin los animales? Si todos fueran exterminados, el hombre moriría de una gran soledad espiritual; porque lo que suceda a los animales también le sucederá al hombre, todo va enlazado.

Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Inculquen a sus hijos que la tierra esta enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos que nosotros hemos enseñado a los nuestros que la tierra es nuestra madre; y que todo lo que le ocurra a la tierra les ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a si mismos.

Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Esto sabemos: todo va enlazado, como la sangre que une una familia. Todo va enlazado. Todo lo que le ocurra a la tierra les ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no tejió la trama de la vida; él solo es un hijo. Lo que hace con la trama se los hace a si mismo.

Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo quizá seamos hermanos. Ya veremos. Sabemos una cosa que quizá el hombre blanco descubra algún día: nuestro Dios es el mismo Dios. Ustedes pueden pensar ahora que Él les pertenece, lo mismo que desean que nuestras tierras les pertenezcan, pero no es así. El es el Dios de los hombres y su compasión se comparte por igual entre el piel roja y el hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él, y si se dañase provocaría la ira del Creador. También los blancos se extinguirán, quizá antes que las demás tribus. Contaminan sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos.

Pero ustedes caminaran hacia su destrucción rodeados de gloria, inspirados por la fuerza de Dios sobre el piel roja. Ese destino es un misterio para nosotros, pues no entendemos por qué se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlantes.

¿Donde está el matorral? Destruido. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia.

 

Chief Seattle's Speech

"Yonder sky that has wept tears of compassion on our fathers for centuries untold, and which, to us, looks eternal, may change. Today it is fair, tomorrow it may be overcast with clouds. My words are like the stars that never set. What Seattle says, the great chief, Washington … can rely upon, with as much certainty as our pale-face brothers can rely upon the return of the seasons.

"The son [a reference to Terr. Gov. Stevens] of the White Chief says his father sends us greetings of friendship and good will. This is kind, for we know he has little need of our friendship in return, because his people are many. They are like the grass that covers the vast prairies, while my people are few, and resemble the scattering trees of a storm-swept plain.

"The great, and I presume also good, white chief sends us word that he wants to buy our lands but is willing to allow us to reserve enough to live on comfortably. This indeed appears generous, for the red man no longer has rights that he need respect, and the offer may be wise, also, for we are no longer in need of a great country.

There Was A Time

"When our people covered the whole land, as the waves of a wind-ruffled sea cover its shell-paved floor. But that time has long since passed away with the greatness of tribes now almost forgotten. I will not mourn over our untimely decay, nor reproach my pale-face brothers for hastening it, for we, too, may have been somewhat to blame.

"When our young men grow angry at some real or imaginary wrong, and disfigure their faces with black paint, their hearts, also, are disfigured and turn black, and then their cruelty is relentless and knows no bounds, and our old men are not able to restrain them.

"But let us hope that hostilities between the red-man and his pale-face brothers may never return. We would have everything to lose and nothing to gain.

"True it is, that revenge, with our young braves, is considered gain, even at the cost of their own lives, but old men who stay at home in times of war, and old women, who have sons to lose, know better.

"Our great father Washington, for I presume he is now our father, as well as yours, since George [a reference to King George III, i.e., Great Britain] has moved his boundaries to the north; our great and good father, I say, sends us word by his son, who, no doubt, is a great chief among his people, that if we do as he desires, he will protect us. His brave armies will be to us a bristling wall of strength, and his great ships of war will fill our harbors so that our ancient enemies far to the northward, the Simsiams [Tsimshian] and Hydas [Haidas], will no longer frighten our women and old men. Then he will be our father and we will be his children.

But Can This Ever Be?

"Your God loves your people and hates mine; he folds his strong arms lovingly around the white man and leads him as a father leads his infant son, but he has forsaken his red children; he makes your people wax strong every day, and soon they will fill the land; while my people are ebbing away like a fast-receding tide, that will never flow again. The white man's God cannot love his red children or he would protect them. They seem to be orphans who can look nowhere for help. How then can we become brothers? How can your father become our father and bring us prosperity and awaken in us dreams of returning greatness?

"Your God seems to us to be partial. He came to the white man. We never saw Him; never even heard His voice; He gave the white man laws but He had no word for His red children whose teeming millions filled this vast continent as the stars fill the firmament. No, we are two distinct races and must remain ever so. There is little in common between us. The ashes of our ancestors are sacred and their final restingplace is hallowed ground, while you wander away from the tombs of your fathers seemingly without regret.

"Your religion was written on tables of stone by the iron finger of an angry God, lest you might forget it. The red man could never remember nor comprehend it.

"Our religion is the traditions of our ancestors, the dreams of our old men, given them by the great Spirit, and the visions of our sachems, and is written in the hearts of our people.

"Your dead cease to love you and the homes of their nativity as soon as they pass the portals of the tomb. They wander far off beyond the stars, are soon forgotten, and never return. Our dead never forget the beautiful world that gave them being. They still love its winding rivers, its great mountains and its sequestered vales, and they ever yearn in tenderest affection over the lonely hearted living and often return to visit and comfort them.

"Day and night cannot dwell together. The red man has ever fled the approach of the white man, as the changing mists on the mountain side flee before the blazing morning sun.

"However, your proposition seems a just one, and I think my folks will accept it and will retire to the reservation you offer them, and we will dwell apart and in peace, for the words of the great white chief seem to be the voice of nature speaking to my people out of the thick darkness that is fast gathering around them like a dense fog floating inward from a midnight sea.

"It matters but little where we pass the remainder of our days.

They Are Not Many.

"The Indian's night promises to be dark. No bright star hovers above the horizon. Sad-voiced winds moan in the distance. Some grim Nemesis of our race is on the red man's trail, and wherever he goes he will still hear the sure approaching footsteps of the fell destroyer and prepare to meet his doom, as does the wounded doe that hears the approaching footsteps of the hunter. A few more moons, a few more winters, and not one of all the mighty hosts that once filled this broad land or that now roam in fragmentary bands through these vast solitudes will remain to weep over the tombs of a people once as powerful and as hopeful as your own.

"But why should we repine? Why should I murmur at the fate of my people? Tribes are made up of individuals and are no better than they. Men come and go like the waves of a sea. A tear, a tamanawus, a dirge, and they are gone from our longing eyes forever. Even the white man, whose God walked and talked with him, as friend to friend, is not exempt from the common destiny. We may be brothers after all. We shall see.

"We will ponder your proposition, and when we have decided we will tell you. But should we accept it, I here and now make this the first condition: That we will not be denied the privilege, without molestation, of visiting at will the graves of our ancestors and friends. Every part of this country is sacred to my people. Every hill-side, every valley, every plain and grove has been hallowed by some fond memory or some sad experience of my tribe.

Even The Rocks

"That seem to lie dumb as they swelter in the sun along the silent seashore in solemn grandeur thrill with memories of past events connected with the fate of my people, and the very dust under your feet responds more lovingly to our footsteps than to yours, because it is the ashes of our ancestors, and our bare feet are conscious of the sympathetic touch, for the soil is rich with the life of our kindred.

"The sable braves, and fond mothers, and glad-hearted maidens, and the little children who lived and rejoiced here, and whose very names are now forgotten, still love these solitudes, and their deep fastnesses at eventide grow shadowy with the presence of dusky spirits. And when the last red man shall have perished from the earth and his memory among white men shall have become a myth, these shores shall swarm with the invisible dead of my tribe, and when your children's children shall think themselves alone in the field, the store, the shop, upon the highway or in the silence of the woods they will not be alone. In all the earth there is no place dedicated to solitude. At night, when the streets of your cities and villages shall be silent, and you think them deserted, they will throng with the returning hosts that once filled and still love this beautiful land. The white man will never be alone. Let him be just and deal kindly with my people, for the dead are not altogether powerless."





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